Julio Vasquez.

miércoles, 20 de marzo de 2013

El pensamiento del Papa Francisco

Los medios mundiales muestran cómo la revolución de Francisco empieza basándose en la austeridad, la humildad y la autenticidad del mensaje de Cristo. Es un hombre preocupado por la pobreza y por la justicia social. Un artículo de Alberto Benegas Lynch (h) escrito hace un año atrás, describe las ideas de Jorge Bergoglio sobre la economía que no se apartan del pensamiento más difundido en la Argentina. Así el artículo cita frases donde aparecen los conceptos de “justicia social”, “igualdad de oportunidades”, “distribución de la riqueza”, todo en el contexto de la “deuda social” —que a su juicio reviste carácter eminentemente “moral.
Hay un paralelismo entre las ideas económicas del Papa con las ideas peronistas. De hecho los medios han reiterado que muchos consideran que el Cardenal Bergoglio era peronista. Es por este motivo creo que el papa Francisco puede convertirse en un tsunami de cambio en Argentina.
Desde sus inicios las ideas de Perón tuvieron diversas raíces que podríamos dividir en dos tipos de pensamientos, unos compatibles con el ideal de amor propuesto por Jesús, y otros absolutamente incompatibles con él. Las primeras son las ideas cercanas a la social democracia, la “justicia social” cercana a la “Teoría de la Justicia” de John Rawls, que suelen derivar en la presencia de un Estado que actúe para eliminar la desnutrición y la pobreza, y que facilite la educación, multiplique las oportunidades de los pobres, y cobije a los más necesitados.
Pero las otras, están imbuidas de las ideas de Marx, Gramsci, la nueva política económica de Lenín y que, paradójicamente, se unen con las ideas del fascismo y de Carl Schmidt (resumidas por intelectuales como Ernesto Laclau). Aquí aparecen, las graves antinomias. Según estas ideas es preciso dividir a la sociedad entre amigos y enemigos. Entonces los ricos son culpables por la pobreza de los pobres. Estas ideas se basan en el odio y derivan en la lucha de clases, a menos claro, que la “clase burguesa” permita que le confisquen la gran mayoría de su renta sin oponerse.
Cuando el peronismo se inclina por este último grupo de ideas, se permite avasallar las instituciones y las libertades individuales, busca el poder absoluto y perpetuarse en él, concentrándose en la persona del único líder popular, dejando poco margen para que las minorías que no gobiernan sientan que pueden vivir en paz y tranquilidad en el país.
Tal vez, el Papa logre que el peronismo se incline definitivamente por el primer cuerpo de ideas, es decir, que se transforme en un partido social demócrata moderno que excluya las prácticas fascistoides y respete la Constitución sin cambiarla.
El Cardenal Bergoglio también tenía un poderoso mensaje para los opositores. Impulsó siempre la idea de pasar “de habitante a ciudadano” que popularizó su discípulo y amigo, el rabino Sergio Bergman. Tal vez, los principales culpables del retraso argentino seamos aquellos que pudiendo ser “clase dirigente”, nos dedicamos a nuestras propias familias, a ganar dinero y disfrutar de la vida, lo cual no está mal en sí mismo, pero olvidamos ocuparnos de los destinos del país y ni siquiera hemos sido capaces de organizar un partido político verdaderamente republicano, federal y democrático.
Quizá la influencia más importante que puede tener el Papa, creo que será la reconciliación y pacificación de la Argentina, superar las viejas antinomias entre peronistas y anti-peronistas; entre ricos y pobres, e incluso entre los hijos de los guerrilleros de los 70 y los hijos de los militares de la dictadura. Tal vez, se acabó la mala racha de los argentinos.
La elección de un Papa argentino es una gran oportunidad para examinarnos cada uno, meditar, orar, buscar perfeccionarnos y, como nos lo pide él, orar los unos por los otros, sin importar las religiones o aún con un rezo laico.
El futuro progreso de la Argentina está en la búsqueda del ideal del amor que, a la larga, prevalece por encima del odio. Entonces Argentina podrá volver a ser el ejemplo de un país donde conviven en paz, judíos, musulmanes, cristianos y las demás religiones, junto con ateos o agnósticos.